Matías Maiello, sociólogo argentino

Antes que nada quería agradecer a la Cátedra de Sociología  por la invitación, quiero explicar que el libro “Estrategia socialista y arte militar”, que escribimos junto con Emilio Albamonte, es un libro que aborda la cuestión militar, tanto en torno a la insurrección, como a la guerra civil, las dos guerras mundiales y lo que se dio en llamar la “Guerra Fría”, pero no es esencialmente un libro de estrategia militar, sino de estrategia en un sentido más amplio, incluyendo en primer plano la estrategia política.

En más de un sentido, no se puede entender el marxismo revolucionario del siglo XX sin estudiar estrategia. No por casualidad Carl Schmitt señala que los cuadernos de Lenin sobre Clausewitz son “uno de los documentos más extraordinarios de la historia universal y de las ideas”. O en el caso de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, que todo el marxismo revolucionario tiene el “pecado” de estar impregnado en gran medida por Clausewitz.

En esta presentación me quería concentrar en situar las coordenadas del libro y presentar el tipo de problemas estratégicos que trata de pensar y su actualidad.

Partido de reformas o partido revolucionario

Para empezar quería citarles un planteo del dirigente de Podemos del Estado Español, Pablo Iglesias, que me parece ilustrativo para la discusión. Frente a una pregunta sobre si la coalición griega Syriza hubiese tenido que tomar medidas “duras” contra la Troika en vez de terminar aplicando el ajuste que en teoría venía a combatir, Iglesias responde:

El problema es que todavía se tiene que verificar que alguien desde un Estado puede plantear semejante desafío […] si nosotros gobernando vamos a hacer una cosa dura de repente tienes a buena parte del ejército, del aparato de la policía, a todos los medios de comunicación y a todo contra ti, absolutamente todo. Y un sistema parlamentario, en el que cómo aseguras tú una mayoría absoluta, es muy difícil […] Para empezar habría que haber llegado a un acuerdo con el Partido Socialista [1].

Es interesante esta reflexión porque marca claramente dos caminos que tiene que elegir la estrategia. Se puede elegir atenerse a los marcos de lo instituido y actuar dentro de sus límites, combinándolo, eso sí, con un discurso “de izquierda”. O bien ir más allá de los límites de lo instituido, atacar los intereses capitalistas y enfrentar al Estado burgués, para lo cual, efectivamente, tengo que prepararme para enfrentar a toda una serie de fuerzas materiales que van a salir al cruce.

En el primer caso, podríamos decir que en un sentido fuerte no hay estrategia, si la entendemos –con Clausewitz– desde el punto de vista de la utilización de los combates tácticos parciales con el fin de doblegar la voluntad al enemigo, o como el arte de hacerse con el mando. Lo que tenemos en su lugar es la administración, desde un discurso “de izquierda”, de los intereses de los capitalistas.

Esto termina como Syriza, aplicando el ajuste, o en el caso de Podemos, que sin llegar al gobierno participa de gobiernos locales en Madrid y Barcelona totalmente integrado al régimen, como lo mostró frente al proceso independentista catalán. Ni hablar de discusiones locales en Argentina como la que plantea el kirchnerismo, sobre una unidad opositora de “todos contra Macri” para 2019, que se reduce a ir detrás de un sector burgués u otro.

El trabajo de la estrategia

Ahora bien, si tomamos el camino de aceptar el enfrentamiento con los capitalistas es evidente que lo que se necesita para hacerlo una fuerza material y “moral”, diríamos con Clausewitz. Entonces llegamos a una segunda pregunta fundamental: ¿Qué tipo de fuerza es necesaria articular para esos combates y cómo hacerlo? Se trata de una labor estratégica que obviamente, no comienza el día del “asalto al Palacio de Invierno”.

Este “trabajo de la estrategia”, en sí mismo plantea toda una serie de problemas. Clausewitz tenía una frase muy ilustrativa al respecto: “en estrategia todo es sencillo, pero no todo es fácil”. Una vez definido el curso estratégico a seguir, cuando se pasa del “papel” a la realidad aparece la fricción, porque el terreno de la acción es el de la incertidumbre, el azar, el miedo.

A su vez, los problemas que plantea el trabajo de la estrategia revolucionaria, son incluso más amplios que en la estrategia militar. Mientras que el arte de la guerra, en su sentido estricto, (según la definición de Clausewitz) se refiere solo a la disposición de las fuerzas ya formadas; el ejército, etc., son medios dados, en la estrategia revolucionaria no hay “medios dados”: la dirección se debe ganar su derecho a ser tal; el partido hay que construirlo, así como la relación con el movimiento de masas. Es decir, el trabajo de la estrategia implica todas las etapas de la conformación de una fuerza revolucionaria.

 “Estrategia de desgaste” y “estrategia de derrocamiento”

Entonces, ¿cómo formar una fuerza revolucionaria en este marco? Para abordar esta pregunta me quiero referir a una discusión muy importante que se da en la segunda década del siglo XX: el debate sobre “estrategia de desgaste” y “estrategia de derrocamiento”.

El que introduce aquellos términos en el debate es Karl Kautsky, referente teórico de la Segunda Internacional. Los toma, en forma “sui géneris”, de Hans Delbrück, quien a partir de una serie de observaciones que había dejado Clausewitz para revisar su obra, elabora una concepción donde hay dos polos del arte de la estrategia: la “estrategia desgaste”, cuando el objetivo son conquistas limitadas en las fronteras, y la “estrategia de abatimiento”, cuando el objetivo es abatir al enemigo.

¿Para qué lo retoma Kautsky? Para discutir contra Rosa Luxemburgo. En 1910, Alemania estaba atravesada por importantes luchas obreras y movilizaciones de masas por demandas democráticas. Rosa planteaba hacer agitación sobre la necesidad de una huelga general política. Kautsky se oponía diciendo que no era correcto arriesgar la organización socialdemócrata en esas batallas (que tenía en aquel entonces alrededor de 700 mil militantes, 2 millones de afiliados en los sindicatos y 3 millones de votantes) y que la clave pasaba por obtener una gran votación en las próximas elecciones.

Lo que planteaba Kautsky era una “estrategia de desgaste”. ¿A qué se refería?

La moderna ciencia de la guerra –decía Kautsky– diferencia dos tipos de estrategia, la estrategia de derrocamiento y la estrategia de desgaste. La primera reúne sus fuerzas de combate rápidamente, para ir al encuentro del enemigo y asestarle golpes decisivos […] En la estrategia de desgaste, por el contrario, el jefe evita todo combate decisivo: busca mantener al ejército enemigo en una constante alerta por medio de maniobras de todo tipo, sin darle oportunidad de estimular a sus tropas a través de triunfos [2].

Rosa Luxemburgo le contesta que toda su elaboración sobre la “estrategia de desgaste” era el fundamento para una orientación consistente en “nada más que parlamentarismo”. Aunque después se demostró cierto, en ese momento aún no era exactamente así, por lo menos en lo que Kautsky decía. Él seguía planteando que en el momento indicado había que pasar a una “estrategia de derrocamiento”.

Por el lado de Luxemburgo, obviamente, no era anti-parlamentarista, no estaba ahí el problema. La diferencia era que Rosa sostenía que la socialdemocracia debía cumplir un papel de vanguardia en el desarrollo de las tendencias más progresivas de la lucha de clases en ese momento y no simplemente esperar a las elecciones.

Clase, partido y dirección

Aquí llegamos, entonces, a uno de los problemas fundamentales del esquema de Kautsky de las dos estrategias. Es interesante para graficarlo la explicación que hace del planteo de Kautsky, Lars Lih, un académico norteamericano.Según Lih: Kautsky explicaba que la estrategia de “desgaste” (la habitual práctica del Partido Socialdemócrata de Alemania de enérgica educación socialista y organización) era apropiada para una situación normal, no revolucionaria, mientras que la de “derrocamiento” (huelgas políticas de masas y otros medios no parlamentarios de presión) era conveniente para una situación verdaderamente revolucionaria [3].

Ahora bien, ¿es posible durante toda la etapa previa eludir las principales batallas, como decía Kautsky, y de repente cuando la situación se hace revolucionaria combatir resueltamente? Se trata de una idea inaplicable en realidad, no casualmente, para Kautsky nunca llegó la hora de la “estrategia de derrocamiento”.

¿Por qué? Porque la realidad es mucho más compleja. En primer lugar porque no hay solo situaciones claramente “no revolucionarias” y “revolucionarias”: además hay situaciones contrarrevolucionarias; y la realidad está llena de situaciones transitorias, de un degradé de situaciones intermedias, híbridas, que no están definidas claramente.

Clausewitz se enfrentó a un problema parecido en el terreno de la teoría militar. Él decía que la guerra era un camaleón, que debajo del mismo fenómeno guerrero quedaban comprendidas desde las guerras napoleónicas, que él tendía a asimilar a la categoría de “guerra absoluta”, hasta guerras donde no eran más que  “observación armada”. Si existe todo ese abanico de guerras, ¿cómo abordarlas entonces en su complejidad?

El general prusiano responde que si bien la guerra es un camaleón, detrás de esta heterogeneidad siempre hay tres elementos que están presentes en toda guerra (la “extraña trinidad” les llamó): el impulso elemental u odio, que le atribuye al pueblo; el cálculo de probabilidades, que le atribuye a los generales y al ejército; y la política, que atribuye al gobierno. En toda guerra están presentes estos tres elementos en una determinada relación particular.

Desde el punto de vista del marxismo se puede establecer un tipo de analogía muy productiva, con muchas e importantes diferencias –que no voy a desarrollar por cuestión de tiempo pero que los invito a leerlas en el libro–, con la interacción que existe entre clase, partido, y dirección de partido. Desde este ángulo, una determinada situación, para una fuerza revolucionaria realmente existente, no es una relación externa a describir, sino que su acción (o inacción) es parte integrantes de la situación misma en la medida de sus fuerzas.

El rol activo del partido revolucionario

En este punto encontramos una importante coincidencia entre Lenin y Rosa Luxemburgo. ¿Qué planteaba Rosa frente a Kautsky en 1910? Que había una gran diferencia si el Partido Socialdemócrata planteaba el problema de la huelga general y la agitaba buscando desarrollar los elementos más progresivos de la lucha de clases o si esperaba a las elecciones. Por un lado, porque si la socialdemocracia, que era un partido muy grande, impulsaba el proceso buscando ligar las luchas obreras con el movimiento que cuestionaba el régimen político, la situación de conjunto cambiaba. Y ligado a esto, porque el carácter del partido mismo se modificaba si lo hacía o no, si dejaba pasar la situación se hacía menos revolucionario por más que la opción estratégica “en el papel” siguiese siendo construir una organización revolucionaria.

Entonces, qué contesta Luxemburgo ante el planteo de Kautsky de que no había que agitar la huelga general porque no había una situación revolucionaria.  Que la respuesta de Kautsky es abstracta, porque no se puede pensar si se avanzan en los elementos revolucionarios por fuera de la acción de la propia socialdemocracia. Y efectivamente tuvo razón. Las elecciones finalmente llegaron en 1912 y la socialdemocracia tuvo un resultado espectacular, fue el partido más votado con más del doble de votos que el segundo, y ganó 110 bancas (menos de las que le hubieran correspondido de ser proporcional). Pero poco tiempo después estalla la Guerra Mundial y entonces toda esta enorme fuerza que la socialdemocracia había conquistado en el parlamento no le sirve para nada porque el partido había sacado su centro de gravedad de la lucha de clases.

En 1914, la dirección socialdemócrata traicionó y votó los créditos de guerra, pero además el partido estaba desarmado políticamente para enfrentar una situación catastrófica como la guerra. Este fue el resultado, como planteaba Rosa Luxemburgo, de un desarrollo fuera de los principales combates que planteaba la lucha de clases. Demostró, a su vez, la imposibilidad de aquel pasaje repentino de la “estrategia de desgaste” a la “estrategia de derrocamiento” que sugería Kautsky años antes.

Una innovación fundamental de Lenin

Por último, también tenemos que señalar una gran diferencia entre Lenin y Rosa. La lucha política que se plasmaba en el debate Kautsky-Luxemburgo no era simplemente una disputa político-ideológica como las que habían atravesado al movimiento revolucionario previamente, por ejemplo, la que enfrentó a Marx y Engels con Bakunin y los anarquistas en la Primera Internacional. Era también una lucha contra fuerzas materiales: habían surgido enormes burocracias políticas y sindicales en el movimiento de masas –que de aquí en más se transformarán en un elemento ineludible en la historia del movimiento obrero–.

La relación es explícita: Kautsky se oponía a Luxemburgo porque no quería provocar a la burocracia sindical socialdemócrata. ¿Por qué? Porque a partir de 1906 esta había impuesto de hecho al partido la prohibición de agitar la huelga general sin su consentimiento. Acá no hablamos del gobierno del Estado sino directamente de los dirigentes sindicales. De esta forma el planteo de Luxemburgo se enfrentaba claramente contra ellos. A su vez, el partido socialdemócrata también había desarrollado una burocracia política a la que no le convenía el desarrollo de la lucha de clases porque afectaba las buenas relaciones con la oposición liberal-burguesa y una posible colaboración parlamentaria con ella. Las luchas de estrategias en el seno del movimiento obrero ya no eran solo luchas político-ideológicas sino que enfrentaban a fuerzas materiales.

En este punto, Lenin va a hacer una innovación fundamental. Rosa y Lenin estaban de acuerdo en que la clave de un partido revolucionario pasaba por desarrollar los elementos más progresivos de la lucha de clases en un momento determinado, pero Lenin le agrega a esto una cuestión adicional: para ello son necesarias corrientes revolucionarias al interior de las organizaciones de masas. Lenin irá llegando a la conclusión de que resulta indispensable una fuerza material de combate que pueda enfrentar no solo al Estado, sino también a las burocracias de las organizaciones de masas (sindicales, políticas, sociales) como condición para poder efectivamente desarrollar las tendencias más progresivas de la situación.

Dos estrategias enfrentadas

Como conclusión, respecto al debate de las estrategias de desgaste y de derrocamiento, podemos decir que no son dos estrategias complementarias, que se puedan intercambiar cuando la situación cambia. Sino que son dos estrategias alternativas, al contrario estas estrategias tienden al enfrentamiento, entre sí a medida que se desarrolla la lucha de clases. No se trata solo del ejemplo de la socialdemocracia alemana, como un caso aislado, sino que este debate, de diferentes formas, es una constante que nos llega hasta la actualidad.

Lo podemos ver en Chile en los ‘70 con la Unidad Popular, también con el Frente Popular en la revolución española de los años ‘30 o en la situación revolucionaria que se da en Francia para la misma época, entre muchos otros ejemplos. En la actualidad lo vemos en pequeña escala en Grecia, donde el gobierno de Syriza llega al gobierno teóricamente para enfrentar el ajuste y lo termina aplicando a pesar de que el 60 % de la población le había dado su apoyo para resistir. Este no es más que un nuevo capítulo que ilustra a dónde llevan las opciones estratégicas de reforma en momentos de crisis.

Después de estas derrotas, la explicación que resuena es: “las masas no lucharon”, “no resistieron suficiente”, cuando en realidad las situaciones no se van formando solamente a través de la acción de las masas, sino también de la acción de sus partidos y direcciones, la cual a medida que las situaciones se hacen más agudas es cada vez más determinante.

Los momentos catastróficos, las crisis, las guerras, son una marca distintiva del capitalismo. Actualmente cruje la situación militar en Siria con consecuencias globales. Tarde o temprano situaciones de crisis estallan, y en esto en Argentina tenemos bastante experiencia, pasando 1989 y 2001, para solo tomar dos momentos emblemáticos de la historia reciente. Las situaciones cambian y en determinado momento se agudizan; el problema es si para aquellos momentos se ha podido articular una fuerza capaz de darle una salida revolucionaria a la situación. Y esto se juega, en buena medida, mucho antes.

Desde ya, los elementos que desarrollé en esta exposición, son solo algunas cuestiones –la mayoría referidas solo al primer capítulo del libro– que debe encarar el trabajo de la estrategia. En un sentido, aquí recién comienzan muchas problemáticas. La cuestión fundamental de cómo conquistar la gran mayoría de la clase obrera y el movimiento de masas para la revolución, con el frente único como táctica para unidad en la lucha de clase obrera contra el capital y al mismo tiempo para ganar a la mayoría para la revolución sobre la base de la experiencia con las direcciones tradicionales. El problema de los aliados y la hegemonía, los problemas de la insurrección, la relación entre defensa y ataque, la “gran estrategia” para la revolución internacional a la que está dedicada buena parte del libro, entre otros.

La intención de centrarme en el primer capítulo era mostrar el tipo de enfoque que proponemos, desde dónde tratamos de pensar una serie de problemas desde el punto de vista de cómo crear una fuerza revolucionaria para, en los momentos de crisis.

Fort Apache, ¿Qué pasa con Grecia?”, 8 de Octubre de 2016, en https://www.youtube.com/watch?v=BpKBKQ8lmpI&t=142s

Kautsky, Karl, “¿Y ahora qué?”, en Parvus, Alexander; Mehring, Franz; Luxemburgo, Rosa y otros, Debate sobre la huelga de masas, Primera parte, Buenos Aires, Pasado y Presente, 1975, pp. 133-134.

Lih, Lars, “‘The New Era of War and Revolution’: Lenin, Kautsky, Hegel and the Outbreak of World War I”, en Anievas, Alexander (ed.), Cataclysm 1914. The First World War and the making of modern world politics, Leiden, Brill, 2014, p. 37[/vc_column_text][/vc_column]

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