Matt Myers (redactor de la revista británica Red Pepper)

El 3 de mayo de 1968, George Marchais, líder del Partido Comunista Francés (PCF), se sumó al diario L’Humanité para condenar a los jóvenes “pseudorevolucionarios” que estaban a punto de dar inicio a la huelga general más grande de la historia europea.

Para Marchais, estos estudiantes no eran más que “ hijos de la burguesía tratando de dar lecciones a la clase trabajadora”, y no eran confiables porque en un futuro cercano: “apagaran su llama revolucionaria para hacerse cargo de los negocios de papa “.

El foco de la ira de Marchais era Daniel Cohn-Bendit, el carismático “anarquista alemán” del mayo francés. Por un giro del destino este mismo Cohn-Bendit es actualmente un importante asesor de Emmanuel Macron, para el proyecto de liberalizar la economía de Francia al más puro estilo Thatcher.

Entonces, es posible que Marcháis haya intuido que un número de los líderes de Soixante-Huitard iban a dejar con el tiempo “el fervor revolucionario en un segundo plano” en una larga marcha hacia los gabinetes alfombrados del poder.

Pero esto no disminuye el “gran malentendido” del PCF en Mayo de 1968. En palabras del historiador comunista francés Roger Martelli , los dirigentes del partido no vieron a tiempo que el movimiento estudiantil y luego el movimiento de los trabajadores marcó el inicio de una nueva fase política que desafió las reglas del pasado. De hecho el Partido Comunista no reformó sus estrategias habituales y no comprendió las subjetividades políticas de las nuevas generaciones de trabajadores (y de los futuros trabajadores : los estudiantes) formados por la nueva realidad social y cultural de posguerra.

Y aunque el PCF “superó los eventos de mayo”, creciendo en tamaño e influencia a lo largo de la década de 1970, el partido quedó fuera de sincronía con la generación que nació en el mítico Mayo 68. A principios de la década de 1980, estaba claro que el PCF estaba en un declive irreversible.

¿Que pasa hoy con los estudiantes?

Este episodio en la historia de la izquierda francesa es importante y contingente . Engloba una de las cuestiones políticas apremiantes para la izquierda hoy en día: ¿cómo un partido de izquierda integra con éxito a las generaciones de jóvenes trabajadores y futuros trabajadores en su proyecto político?

Hoy, como en 1968, el capitalismo ha reproducido socialmente a una nueva generación cuyos intereses y experiencias cotidianas están en contradicción con la reproducción del propio sistema, dejando a muchas figuras políticas del sistema desconcertadas.

Hace poco la periodista de The Guardian, Polly Toynbee, escribió (días antes de la manifestación juvenil más importante en Gran Bretaña durante décadas) que “ los estudiantes están lejos de sufrir por las políticas de recortes y por los ataques mortales que afectan al empleo y a los servicios públicos , de hecho los que más sufren son los que hacen menos ruido”.

En ambos casos, cuando se apela a una clase trabajadora, real o imaginada, se actúa como un punto discursivo de orden para tratar de cerrar el desafío planteado por las nuevas fuerzas sociales generadas por el desarrollo capitalista. Los nuevos sujetos sociales juveniles no se ajustaban a las supuestas reglas del juego político, ni tampoco justificaban ningún análisis social adicional.

Una mirada analítica del movimiento estudiantil de hoy en día pone en tela de juicio las suposiciones de Marchais y Toynbee: la idea que los estudiantes son de alguna manera un sector privilegiado que deberían apoyar los sectores que no lo son: la clase trabajadora y los no privilegiados.

Un cambio importante entre los estudiantes es su actual tamaño y composición social. Según las estadísticas nacionales del Reino Unido, entre 1992 y 2018 la proporción de personas de 16 a 24 años de edad que cursaban estudios a tiempo completo aumentó del 26,2% al 43,9%. Al mismo tiempo, los cambios gubernamentales en la organización, el financiamiento y la función general de la educación han transformado la posición del estudiante en la estructura de clase de la sociedad británica.

La abolición de las subvenciones y la introducción de préstamos que apenas cubren los costos de vida ha erosionado la educación universitaria. Ya no es una etapa social tranquila entre la adolescencia y el trabajo asalariado. Según una encuesta, la reducción en el salario de los estudiantes (becas) ha llevado a ocho de cada 10 estudiantes a trabajar a tiempo parcial (un 57 por ciento en 2013), en el sector de servicios mal pagado. Como resultado la identidad del estudiante se ha degradado lentamente.

En lugar de usar su tiempo para ampliar sus estudios, socializar, hacer arte u organizarse políticamente, nueve de cada diez estudiantes trabajan durante al menos 20 horas a la semana, ganando un promedio de £ 412 al mes. La encuesta ha mostrado que este dinero se utiliza para financiar el aumento de los costos de alojamiento, alimentos, transporte, libros , artículos de primera necesidad, sobregiros y préstamos estudiantiles.
Casi el 90 por ciento dijo que era necesario trabajar mientras estudiaba para obtener un empleo en un mercado laboral saturado de titulados. La educación superior ya no es clave para un futuro profesional, sino también podría significar décadas de trabajos de servicio sin futuro y mal pagados. En lugar del estudiante clásico, estamos viendo nacer al estudiante-trabajador.

Identidad de clase

La deuda entre los estudiante ha transformado el carácter de clase de la condición del estudiante. De hecho con la proliferación del crédito al consumo, que el sistema ha utilizado para compensar los bajos salarios, el neoliberalismo “paradójicamente ha abierto una nueva dimensión de la lucha entre el capital y la clase trabajadora dentro del dominio del crédito”. El lugar donde este conflicto es más agudo es con la financiarización de la deuda de los estudiantes.

Según los datos del gobierno, los nuevos títulos universitarios están pagando hasta un 6 por ciento de interés. Este año fue el primero en el que los intereses devengados han sobrepasado la cantidad reembolsada. Los estudiantes que obtuvieron préstamos antes de 2012, ya no los están pagando a la compañía estatal de préstamos estudiantiles, sino a bancos y fondos de cobertura como Barclays, Credit Suisse, Lloyds y JP Morgan, que han comprado la deuda. .

Los estudiantes ahora están pagando a los bancos más ricos del mundo por su derecho a una educación, dándoles enormes dividendos en el proceso.

El mito del estudiante como alguien que existe de manera autónoma de la estructura de clase o como un parásito de la riqueza producida por otros es obsoleto y peligroso. La financiarización ha llevado a los estudiantes al rigor disciplinario de la economía capitalista. Cada vez son más los estudiantes que incurren en costos impagables para desarrollarse como trabajadores capacitados. Trabajadores de quienes depende el capital para un crecimiento sostenible.

Los estudiantes en la década de 1970 defendieron las becas como un “salario estudiantil justo”. Los estudiantes, razonaron, somos los futuros trabajadores y contribuiremos a la sociedad como ciudadanos productivos cuando nos graduemos. La eliminación de subvenciones ha dejado obsoleto este argumento y ha puesto una doble carga de trabajo asalariado y no asalariado directamente sobre los hombros del estudiante moderno.

Con una multitud de presiones, no es sorprendente que las universidades estén experimentando una crisis de salud mental. Los vastos cambios que afectan a la educación sugieren que así como el movimiento estudiantil de 1968 era inimaginables hoy pareciera imposible una repetición de Mayo del 68. La revuelta ahora necesariamente una forma diferente.

Nuevos mercados rentables.

La posición de clase de los estudiantes ha cambiado a medida que su reproducción social diaria ha sido mercantilizada. Han surgido nuevos mercados enormemente rentables, especialmente en vivienda.

Según los agentes inmobiliarios de Knight Frank, en 2015 hubo transacciones por un valor de £ 5,1 mil millones que involucraron a casi 50,000 habitaciones de estudiantes. A partir de 2016, había 525,000 habitaciones de ‘alojamiento para estudiantes’ diseñadas específicamente para este fin en el Reino Unido, con 134,000 más en trámite. La gran mayoría de este crecimiento se encuentra en bloques administrados por el sector privado en lugar de propiedad de la universidad.

Este proceso está basado en que “las instituciones globales, el capital privado y los fideicomisos de inversión en bienes raíces buscan lugares seguros y estables para poner su dinero”. En 2016, por ejemplo, Mapletree Investments, el brazo de propiedad del fondo de inversión estatal de Singapur, Temasek, rechazó a los postores de los EE. UU., Rusia y Oriente Medio para construir 25 residencias de estudiantes con 5,000 dormitorios.

La mercantilización de las universidades y la privatización de la reproducción social de los estudiantes ha roto los muros que separaban a la universidad (como un espacio de orientación académica parcialmente autónomo) de las exigencias de beneficios del capital. Desde poner un pie en el campus hasta pedir un préstamo para encontrar un lugar donde vivir, los estudiantes de hoy no pueden escapar de su integración forzosa en la búsqueda de rentabilidades de inversión del capital internacional en un mercado cada vez más volátil.

Comprender cómo la clase obrera británica ha sido reestructurada bajo el neoliberalismo significa enfrentar directamente la cuestión de las generaciones.

El fracaso del capitalismo y las élites políticas para reproducir, integrar y satisfacer las expectativas de las nuevas generaciones de trabajadores dentro del modelo neoliberal es el “eslabón débil” del sistema.

La mayor amenaza para el capitalismo financierizado de Gran Bretaña reside en los nuevos sectores sociales de los jóvenes “trabajadores-estudiantes” que han sido empujados cada vez más hacia la izquierda en la medida que los efectos desiguales de la crisis capitalista los afectan. Su temprana entrada en el trabajo asalariado y la imposición de la deuda por la fuerza (sin la correspondiente oferta de activos) ha transformado el cuerpo estudiantil en algo irreconocible, desde hace 50 años.

Ahora lo más probable que los estudiantes experimenten una vida llena de deudas y un empleo cada vez más precario que aquellos que supuestamente podrían dirigir el “negocio de papá”. Con poco que ganar del sistema existente, estos nuevos sujetos sociales radicalizados son fuentes cruciales para la esperanza. Cualquier proyecto socialista futuro tendrá que considerarlos.