Perry Anderson, historiador británico

Para los movimientos antisistémicos de la izquierda en Europa, la lección de los últimos años es clara. Si no quieren seguir siendo superados por los movimientos de la derecha, no pueden permitirse ser menos radicales al atacar el sistema, y deben ser más coherentes en su oposición. Esto significa que la izquierda deberá enfrentar a una Unión Europea que por su construcción neoliberal no es reformable .

El término movimientos “antisistémicos” se usó comúnmente hace 25 años para caracterizar a las fuerzas de izquierda que impulsaban una revuelta contra el capitalismo. Hoy la expresión no ha perdido relevancia, pero su significado ha cambiado. Los movimientos de rebelión – que se han multiplicado en la última década- ya no se rebelan contra el capitalismo, sino contra manifestaciones específicas del neoliberalismo (flujos financieros desregulados, servicios privatizados y una escalada de la desigualdad social) una variante del reino del capital instaurado en Europa y en América desde los años 80.

El orden político y económico resultante fue aceptado, indistintamente, por gobiernos de centro-derecha y de centro-izquierda, ambas fuerzas se rindieron al pensamiento único prescrito por Margaret Thatcher formulado por su dictamen “no hay alternativa”. El resultado ha sido la aparición de dos tipos de movimientos contra este sistema – tanto en la derecha como en la izquierda – ambos estigmatizados por el establishment como una amenaza populista.

No por casualidad estos movimientos surgieron primero en Europa en lugar de los Estados Unidos. Sesenta años después del Tratado de Roma, la razón es clara. El mercado común de 1957 (una extensión de la comunidad de carbón y del acero diseñado para evitar las hostilidades franco-alemanas y para consolidar el crecimiento económico de la posguerra en Europa occidental), fue consecuencia de un período de pleno empleo, de aumento de los ingresos populares, de afianzamiento de la democracia representativa y de desarrollo del estado de bienestar.

Los acuerdos comerciales de la época incidieron muy poco en la soberanía de los Estados-nación, que se fortalecieron en lugar de debilitarse. Los presupuestos y las tasas de cambio fueron determinadas por parlamentos responsables ante el electorado nacional, y las políticas económicas fueron debatidas vigorosamente. Los intentos de ampliación de competencias de la Comisión en Bruselas fueron rechazados de plano por Paris. No solo Francia (bajo el mando de Charles de Gaulle) sino también, Alemania Occidental , mas discretamente (bajo Konrad Adenauer), siguió una política exterior independiente de los Estados Unidos.

El final de los treinta “glorieuses” trajo un cambio importante en la construcción Europea . Desde mediados de la década de 1970, el mundo de los “países capitalistas avanzados” entraron en una larga recesión; para el historiador estadounidense Robert Brenner, las bajas tasas de crecimiento y el lento aumento de la productividad terminaron provocando desempleo, mayor desigualdad y fuertes recesiones.

Desde la década de 1980 – comenzando por EE. UU y el Reino Unido (para extenderse gradualmente al resto de Europa) las dirección de la política económica se invirtió de manera contundente : se redujo la asistencia social, se privatizaron industrias y servicios públicos, se desregularon los mercados financieros. El neoliberalismo había llegado. Aunque Europa se tomó un tiempo, al final adoptó una forma institucional única y rígida; además multiplicó el número de Estados miembros, por más de cuatro, con el objetivo de incorporar a la UE a una extensa zona de bajos salarios de los países del Este.

Austeridad draconiana

Desde la unión monetaria en 1990 hasta el Pacto de Estabilidad en 1997 ( rematada con el Acta del Mercado Único de 2011) los poderes de los parlamentos nacionales fueron anulados por una estructura supranacional burocrática ajena a la voluntad popular, en conformidad con lo propuesto por el teórico y economista ultraliberal Friedrich Hayek. Con una maquinaria puesta a punto, se impuso a los indefensos electorados europeos una austeridad draconiana. Un aceitado mecanismo empezó a funcionar bajo la dirección conjunta de la Comisión en Bruselas y una Alemania reunificada, ahora el estado más poderoso de la unión que anunciaba, con necedad, su vocación de hegemón continental.

Externamente, durante el mismo período, la UE y sus miembros dejaron de desempeñar un papel importante en el mundo, se convirtieron en la vanguardia de las políticas de Guerra Fría hacia Rusia establecidas por los EE. UU y sufragadas por los propios Europeos. Por tanto, no es extraño que la casta oligárquica que ha gobernado la UE haya desconocido sucesivamente la voluntad popular expresada en referendos, incorpore al derecho constitucional sus dictados presupuestarios, para finalmente desatar una ola de movimientos de protesta en su contra.

Pero, ¿Cuál es el panorama de estas fuerzas?

Los movimientos de la derecha dominan la oposición al sistema en el núcleo de Europa occidental; Francia (Front National), Países Bajos (Partido por la Libertad, PVV), Austria (Partido de la Libertad de Austria), Suecia (Demócratas de Suecia), Dinamarca (Partido Popular de Dinamarca), Finlandia (Finlandeses Verdaderos), Alemania (Alternativa por Alemania, AfD) y Gran Bretaña (UKIP).

En España, Grecia e Irlanda, predominan los movimientos de izquierda: Podemos, Syriza y Sinn Fein. De manera excepcional, en Italia hay un fuerte movimiento antisistémico de la derecha con la Lega, y uno más fuerte que dice “no ser ni de izquierda ni de derecha” con el Movimiento Cinco Estrellas (M5S). La retórica extraparlamentaria de este último sobre impuestos e inmigración lo sitúa a la derecha, pero está a la izquierda por su constante oposición a las medidas neoliberales del gobierno de Matteo Renzi (particularmente en educación y desregulación del mercado laboral) y por su papel en la derrota del intento de Renzi de debilitar la constitución democrática de Italia.

A esto se puede agregar Momentum, que surgió en Gran Bretaña detrás de la inesperada elección de Jeremy Corbyn como líder del Partido Laborista. Todos los movimientos de derecha, excepto la AfD, son anteriores a la crisis de 2008; algunos tienen historias que se remontan a la década de 1970 o antes. Syriza, Cinco Estrellas , Podemos y Momentum nacieron, como resultado directo de la crisis financiera mundial.

El hecho central es que los movimientos derechistas tienen mayor peso que los nuevos movimientos de izquierda, tanto por el número de países como por el número de votantes. Sin embargo, ambos son reacciones al neoliberalismo, que tiene su expresión más austera y concentrada en la actual UE, un orden supranacional fundado en la reducción y privatización de los servicios públicos; la supresión de los controles y de la representación democrática; y la desregulación de los factores de producción.
Estos tres elementos están presentes en otros lugares, pero tienen un alto grado de intensidad en la UE, como lo atestigua la tortura a que se ha sometido al pueblo de Grecia, el pisoteo a los referendos y el trato que se da a los inmigrantes .

Por tanto, en la arena política, los principales problemas que impulsan las protestas contra el sistema son la austeridad, la soberanía, y la inmigración. Los movimientos antisistémicos se diferencian por el peso que le asignan a cada uno de estos elementos, y a qué color, en la paleta neoliberal, dirigen su hostilidad.

Causa común contra los inmigrantes

Los movimientos de la derecha predominan sobre los de la izquierda porque desde el principio hicieron suya la cuestión de la inmigración; incitaron las reacciones xenófobas y racistas para obtener un amplio apoyo entre los sectores más vulnerables de la población.

Con la excepción de los movimientos de los Países Bajos y de Alemania ( que creen en el liberalismo económico) el populismo derechista (en Francia, Dinamarca, Suecia y Finlandia) atacan a los inmigrantes porque supuestamente su llegada socavaría el estado de bienestar. Pero sería un error atribuir su crecimiento electoral solo a este asunto. La unión monetaria es otro dato que explica la indignación. La moneda única y el banco central, diseñados en Maastricht, han convertido la imposición de la austeridad y la negación de la soberanía popular en el sistema imperante .

Los movimientos de la izquierda pueden atacar la política impuesta por UE pero las soluciones que proponen son menos radicales que las propuestas por los populistas de derecha . El FN en Francia y la Lega en Italia, tienen remedios para las tensiones que produce la moneda única y la inmigración: salir del euro y detener la afluencia de emigrantes.

En la izquierda, con aisladas excepciones, nunca se han planteado soluciones efectivas. En el mejor de los casos, se proponen ajustes técnicos a la moneda única (demasiado complicados para tener el respaldo popular) o vagas alusiones a la inmigración con una política vergonzosa de cuotas; ninguna de estas ideas son fácilmente inteligibles para los votantes como las propuestas directas de la derecha populista.

A la izquierda tanto la inmigración como la unión monetaria le crean dificultades por razones históricas. El Tratado de Roma se fundó con la promesa de libre circulación de capitales, mercancías y trabajo dentro de un mercado común europeo. Mientras la Comunidad Europea se limitó a los países de Europa occidental, elementos de producción como la movilidad importaba menos que el movimiento del capital y de las mercancías: la migración dentro de la comunidad era generalmente modesta. Pero, a fines de la década de 1960, la mano de obra inmigrante de las antiguas colonias africanas, asiáticas y caribeñas( y de regiones semi-coloniales del antiguo Imperio Otomano) crecieron con rapidez en número. Finalmente, la ampliación de la UE hacia Europa del Este terminó aumentando drásticamente la migración dentro de la unión.

Este fenómeno económico ha encendido la xenofobia: los movimientos antisistémicos de derecha lo han alimentado y, los movimientos de la izquierda lo han combatido, leales a la causa de un internacionalismo humanista. Los mismos apegos subyacentes han llevado a la mayoría de la izquierda a resistir cualquier idea de terminar con la unión monetaria, pues afirman que sería una regresión al nacionalismo que fue responsable de las catástrofes del pasado europeo. El ideal de la unidad europea sigue siendo para ellos un valor cardinal.

Sin embargo la presente la integración neoliberal de la actual Europa es más coherente que cualquiera de las vacilantes alternativas que ha propuesto la izquierda hasta ahora. La austeridad, la gobernanza de la oligarquía y la capacidad de mover factores de producción como la inmigración forman un sistema interconectado. Históricamente, nunca se consultó a ningún electorado europeo sobre la llegada de mano de obra extranjera; esto siempre ocurrió a espaldas de la voluntad popular. La negación de la democracia, que se convirtió en la estructura de la UE, excluyó desde el principio cualquier opinión sobre la composición de su población. El rechazo de esta Europa por los movimientos de derecha es políticamente más consistente que el rechazo de la izquierda, dando indiscutibles ventajas al populismo de derecha.

El descontento de los votantes

La llegada de M5S, Syriza, Podemos y el AfD marcó un salto en el descontento popular en Europa. Las encuestas ahora registran niveles récord de desafección de los votantes con la UE. Pero, a derecha o izquierda, el peso electoral de los movimientos antisistémicos sigue siendo limitado.

En las últimas elecciones europeas, los resultados más exitosos para la derecha, UKIP, FN y el Partido del Pueblo Danés, fueron alrededor del 25 por ciento de los votos. En las elecciones nacionales, la cifra promedio en toda Europa occidental para todas las fuerzas populistas tanto de derecha como de izquierda es de alrededor del 15 por ciento. Ese porcentaje del electorado representa una pequeña amenaza para el sistema; un 25 por ciento puede representar un dolor de cabeza, pero el “peligro populista” , del cual hablan los medios, sigue siendo muy modesto hasta la fecha. Los únicos casos donde los movimiento antisistema podrían llegar al poder por una mala distribución deliberada de escaños (a través de una prima electoral diseñada para favorecer al establecimiento)son Grecia donde el movimiento fracaso o en Italia donde no se arriesga a hacerlo, en ambos países fracasó o se arriesgó a hacerlo,

En realidad, hay una gran fisura entre el grado de desilusión popular con la UE neoliberal y el grado de apoyo que tienen las fuerzas que se declaran en su contra ; en el verano pasado, la mayoría en Francia y España expresaron su aversión hacia la actual Unión Europea , incluso en Alemania, apenas la mitad de los encuestados tenía una opinión positiva

La indignación o disgusto por lo que se ha convertido la UE es común, pero por algún tiempo el determinante fundamental de los patrones de votación europeos ha sido, y sigue siendo, el miedo. El status quo socioeconómico es ampliamente detestado. Pero se ratifica regularmente en las urnas con la reelección de los responsables, por temor a que “asustar a los mercados” traería una miseria aún mayor.

La moneda única no ha acelerado el crecimiento en Europa y ha causado graves dificultades en los países del Sur . Pero la perspectiva de una salida de Europa aterroriza incluso a aquellos han sufrido sus políticas. El miedo triunfa sobre la ira. De ahí la aquiescencia del electorado griego ante la capitulación de Syriza, los reveses de Podemos en España, el arrastrar de pies de los partidos de izquierda en Francia. El sentido subyacente está en todas partes igual. El sistema es malo. Pero enfrentarlo piensan sería muy arriesgado.

¿Entonces, como se explica el Brexit?

La inmigración masiva es un temor en toda la UE. En el Reino Unido esta la campaña basada en el miedo la encabezó Nigel Farage junto a otros prominentes conservadores. Pero la xenofobia por sí sola de ninguna manera es suficiente para superar el miedo a la crisis económica. En Inglaterra, como en otros lugares, ha ido crecido porque un gobierno tras otro ha mentido sobre la escalada de la inmigración. Sin embargo, si el referéndum sobre la UE hubiera sido solo sobre este temor, el “quedarse en Europa” sin duda habría ganado por un importante margen, como ocurrió en el referéndum sobre la independencia escocesa.

Han habido otros factores. Después de Maastricht, la clase política británica rechazó la camisa de fuerza del euro. Lo hizo solo para instaurar un neoliberalismo nativo aún más radical que el del continente. La arrogancia financiera del Nuevo Laborismo, sumergió a Gran Bretaña en una crisis bancaria y más tarde la administración conservadora-liberal impuso una austeridad aún más aplastante que la Europea. Económicamente, los resultados de esta combinación han sido desastrosos. Ningún otro país europeo se ha polarizado tan dramáticamente por región. La metrópoli Londinense con altos ingresos y el resto de país empobrecido y desindustrializado con votantes que tenían poco que perder al votar por una perspectiva tan abstracta que “dejar Europa”; el miedo en el Reino Unido contó menos que la indignación.

También en ningún otro país europeo se ha manipulado tan flagrantemente el sistema electoral: el UKIP fue el partido británico más votado para el Parlamento Europeo con con el sistema proporcional en 2014, pero un año después, con el 13 por ciento de los votos, ganó solo un asiento en Westminster, mientras que el Partido Nacional Escocés, con menos del 5 por ciento de los votos, obtuvo 55 escaños. Bajo un régimen intercambiable de laboristas y conservadores, los votantes de menores ingresos han desertado de las urnas hace bastante tiempo. Pero repentinamente por una vez, ante una elección real en un referéndum nacional, volvieron con fuerza para pronunciar su veredicto sobre las desoladas políticas de Tony Blair, Gordon Brown y David Cameron.

Finalmente, y de manera decisiva, resurgió la histórica diferencia que separa a Gran Bretaña del continente. Durante siglos, el país no solo fue un imperio que eclipsó culturalmente a cualquier rival europeo, sino que, a diferencia de Francia, Alemania, Italia o la mayoría del resto del continente, no sufrió derrota, invasión u ocupación en ninguna de las dos guerras mundiales. Sin embargo la expropiación del poder local democrático por parte de la elite burocrática de Bruselas fue inflexible con Gran Bretaña

¿Por qué un Estado que doblegó el poderío de Berlín se sometería a la mezquina intromisión de Bruselas o Luxemburgo? Las cuestiones de identidad superaron con facilidad el interés por la UE. La fórmula estándar – el miedo a las consecuencias económicas – no funcionó en este caso. De hecho el miedo fue derrotado por una combinación de desesperación económica y amor propio nacional.

Estados Unidos: un salto en la oscuridad

Condiciones similares le permitieron a un candidato republicano (de temperamento impresentable, sin ningún código de conducta civilizada y aborrecido por el bipartidista convencional) apelar a los trabajadores blancos del “Cinturón del Oxido” y ganar las elecciones presidenciales.

Al igual que en Gran Bretaña, la desesperación prevaleció sobre el miedo en las regiones proletarias desindustrializadas. También ocurrió, en el país que tiene una oscura historia de racismo autóctono, la inmigración es rechazada y tiene éxito la imposición de barreras físicas. Sobre todo, porque el Imperio estadounidense no es un recuerdo lejano, sino que está vívido como un atributo del presente y un reclamo para el futuro. Sin embargo, los que estaban en el poder en nombre de la globalización aparentemente dejado de lado este sentimiento, y esto para mucha gente significa la ruina y la humillación como nación.

El lema de Donald Trump “América Primero” – se impuso porque descarta los fetiches de la libre circulación de bienes y de trabajo, e ignorar las trabas del multilateralismo: Trump no se equivocó al proclamar que el Brexit era también su triunfo pero su triunfo ha sido una revuelta más espectacular, ya que no se limitó a un tema único y él carecía de la respetabilidad y la bendición de los grandes medios.

La victoria de Trump ha sumido a la clase política europea, de centroderecha y centro izquierda, en el abatimiento político. Romper las convenciones establecidas sobre inmigración ya era bastante malo. Aunque la UE no ha tenido escrúpulos al encerrar a los refugiados en la Turquía de Erdoğan (con sus decenas de miles de presos políticos, torturas policiales y la suspensión del “estado de derecho” ) o en apoyar los muros de alambre en la frontera norte de Grecia) la Unión, ha respetado las “buenas costumbres diplomáticas” y, nunca ha glorificado abiertamente sus propias política de exclusión.

La falta de inhibición de Trump en estos asuntos no afecta directamente a la Unión. Lo que es motivo de una seria preocupación es el rechazo de Trump a la ideología del libre movimiento de los factores de producción y, más aún, su aparente indolencia con la OTAN y sus comentarios poco beligerantes con Rusia. Si estas actitudes de Trump no son más que un gesto (como muchas de sus promesas internas) aún está por verse. De todas maneras, su elección ha cristalizado las diferencias entre los movimientos antisistémicos de centro derecha, y partidos de la izquierda del sistema, tanto rosa como verde. En Francia e Italia, los movimientos de la derecha se opusieron a las políticas de Guerra Fría y a las aventuras militares que fueron aplaudidas por los partidos de “izquierda”, incluido el bombardeo sobre Libia y las sanciones a Rusia.

El referéndum británico y las elecciones en EE. UU. fueron convulsiones antisistémicas de la derecha, aunque estuvieron flanqueadas por un crecimiento antisistémico en la izquierda, en menor escala y menos esperado (Bernie Sanders en EE. UU. y Corbyn en el Reino Unido).

Las consecuencias de tsunamis políticos como Trump o el Brexit seguirán siendo indefinidas y confusas . Por el momento el orden establecido está lejos de ser superado , como lo ha demostrado Grecia. El sistema todavía es capaz de neutralizar las revueltas con una velocidad impresionante. Entre los anticuerpos que ha generado están los yuppies populistas (Albert Rivera en España, Emmanuel Macron en Francia), que atacan la corrupción y prometen una política más limpia y dinámica.

Para los movimientos antisistémicos de la izquierda en Europa, la lección de los últimos años es clara. Si no quieren seguir siendo superados por los movimientos de la derecha, no pueden permitirse ser menos radicales al atacar el sistema, y deben ser más coherentes en su oposición.

Esto significa que la izquierda deberá enfrentar a una Unión Europea que por su construcción neoliberal no es reformable . Habría que deshacerse de la UE antes de construir algo mejor, ya sea saliéndose de la actual UE o reconstruyendo Europa sobre otra base, haciendo que el tratado de Maastricht termine en el fuego . También es cierto, que a menos que haya una crisis económica más profunda, por el momento esto es poco probable que esto ocurra.