La ira de los chalecos amarillos debe subir la apuesta.  Y aunque las barricadas son indispensables no serán suficientes. También se requiere una ambición colectiva; inventar un futuro cualitativamente diferente a la supuesta eternidad del mercado, un futuro poscapitalista

Cédric Durand, economista francés

Con el levantamiento popular, por la justicia fiscal y el poder de compra, los chaquetas amarillas han materializado toda la ira contra Emmanuel Macron y, más allá de eso, han mostrado el rechazo de la mayoría de la sociedad al capitalismo neoliberal globalizado, porque ese es el nombre del sistema. ¿ Quién ganará la partida? ¿El macronismo o los chalecos amarillos?

El simple hecho de que surja la pregunta ya es extraordinario. Un examen político rudimentario solo puede confirmar el diagnóstico. La arrogancia de la clase del Presidente y su proximidad con la comunidad financiera han hecho mucho para aumentar la presión que ha explotado en toda Francia. Pero la cuestión política planteada por los chalecos amarillos va más allá de Macron. Una grieta histórica se ha abierto. La tarea de todas las fuerzas anticapitalistas es ampliar la brecha.

Frenaron a Macron.

La última ola neoliberal encabezado por Emmanuel Macron heredó el poder por un conjunto anómalo de circunstancias. ¿Qué hizo? Sin dar un golpe de estado, se embarcó en un programa de ajuste estructural que décadas de resistencia social había ido restringiendo constantemente.

El blitzkrieg fue un éxito. Nueva ley laboral, más impuestos, privatización … Aprovechando la ventaja psicológica de una victoria electoral sorpresa, el nuevo equipo avanzó simultáneamente en todos los frentes, desarrollando una agenda completamente estructurada por las consignas del gran capital internacional : competitividad y atracción para los inversores.

Las reformas encadenados en un ritmo tan frenético rompieron lo que quedaba del compromiso social de mediados del  siglo XX. Por cierto, ese era el objetivo. Emmanuel Macron mostró una determinación total. Era su marca registrada. La primavera pasada, dijo en Fox News que ” no hay ninguna posibilidad ” de cambiar la privatización de los ferrocarriles porque,  “si ahora se detienen las reformas ¿como se podrá modernizar el país? “.

Bueno, ya está hecho! Emmanuel Macron fue parado en seco. Él tiene una rodilla en el suelo. Por primera vez el poder ha dado paso atrás. Al decidir primero cancelar el aumento a  los combustibles y luego tomar una serie de medidas limitadas sobre el poder adquisitivo , reconoció de hecho su subordinación (como último recurso) al movimiento popular. Y, como Macron había previsto, la normalización neoliberal de Francia que se había propuesto realizar NO podrá tener lugar de forma  inmediata.

Desde la Francia profunda , la ira de los chalecos amarillos dio un golpe brutal a las ilusiones del bloque burgués identificado por Bruno Amable y Stefano Palombarini [1] .  Querían convertir a Francia en una Nación de empresas en manos de las altas finanzas , para “salvar el clima” y jugar en la primera liga .

En poco tiempo los resultados de la hoja de ruta “macronista” se han mostrado prácticamente inexistentes. Y lo son tanto más, porque en las primeras evaluaciones no se ha encontrado ninguna confirmación de un aumento real del ingreso y del empleo. Arriba, en las empresas y en los hogares muy ricos han visto inmediatamente los  beneficios de la elección de Macron, pero, en la clase media y en  la clase trabajadora se ha llevado la peor parte de las políticas macronistas.

Sus políticas  aumentaron la presión fiscal a una sector de la clase media que es particularmente sensible y, al mismo tiempo han recortado las conquistas sociales,  los servicios públicos y la protección a los sectores populares. El movimiento de las chaquetas amarillas es un contra ataque en ambos frentes.

Tiempo de la discordia.

En cinco semanas, la revuelta de los chalecos amarillos se ha convertido en un acontecimiento político importante, quizás el más importante de los últimos cincuenta años en Francia. Su poder pre-revolucionario es el producto de una combinación de factores sin precedentes.

En nuestro caso la geografía es un elemento fundamental. Las “chaquetas amarillas” es un movimiento periférico que en las rotondas ha logrado tejer una apretada malla en todo Francia. Producto de su transversalidad social y de una poderosa capacidad de difusión ha tenido una alta visibilidad. El hecho que el 20% de la población francesa se considere como “chaleco amarillo” [2] es significativo.

El concepto “chaleco amarillo” es un significante flotante de una revuelta persistente, su estructura en red les permite todas las apropiaciones y todas las declinaciones posibles, favoreciendo de esta manera la agregación de la ira y su convergencia en París, para cercar los lugares del poder.

Iniciada en las redes sociales, la movilización de los chalecos amarillos no está sujeto a ningún marco sindical o político. Esto no significa, por supuesto, que los activistas sean apolíticos . Como es lógico, entre los grupos que entran en acción, muchas personas han tenido experiencias sindicales, políticas, asociativas o han participado en luchas ciudadanas.  Pero por sobre todo, la lucha produce una nueva síntesis, en la que la acumulación de la rabia contenida durante demasiado tiempo y,  las experiencias de lucha de los últimos años ha encendido la chispa de la  revancha.

La clase dominante titubea . Y muy fuerte … El primer síntoma de la confusión se produjo (con más de 24 horas de ambigüedad) con la no aplicación del impuesto al combustible. La confusión se había apoderado de los más altos círculos de poder.

En este momento, ya no queda nada de la deslumbrante victoria presidencial. El gobierno se ha encogido y la jerarquía policial está debilitada por el “affaire Benalla” ( el caso del guarda-espalda del presidente).

El gobierno está sordo a las evaluaciones de la protesta, está ciego ante la situación política, los parlamentarios desorientados están ausentes, el partido presidencial inarticulado y sin anclaje territorial demuestra ser completamente inoperante para detener la ola. Escaldado por la recepción recibida en Puy en Velay, Emmanuel Macron está encerrado en su palacio. Esta “un poco perdido  “dice un asesor. De hecho se asustó, temiendo por su vida.

Todos estos elementos contribuyen al aislamiento del ejecutivo. Un aislamiento que se ha esforzado por romper. Primero formando una coalición contra los “desórdenes” y la “violencia”, y que permitió al Primer Ministro  agradecer a los líderes políticos, sindicales y asociativos que aceptaron unirse a su llamado a la calma. Fue una forma de intentar contrarrestar una realidad que le era adversa.

Pero, a pesar de una estrategia de máxima tensión y una represión brutal y masiva, la movilización no se ha debilitado sino que está cada vez más enraizada en todo el país . Todavía hay mucha gente en la calle y se están sumando los ecologistas y los jóvenes escolarizados.

El ejecutivo continúa sus maniobras de desaliento. Lo que busca es una nueva combinación política que le permita reforzar su base. Está perdiendo en el campo de juego pero busca apoyos, más allá de su mayoría parlamentaria numéricamente fuerte pero socialmente muy estrecha.

A esta etapa del desarrollo político corresponde la reciente intervención presidencial. Fue un acto de contrición forzada y de concesiones calculadas con la esperanza de reducir la presión popular. Nada más.

Las palabras de Macron fueron la admisión de su debilidad y un estímulo para continuar la movilización. Sin embargo esto no debería hacernos olvidar que el poder todavía tiene muchas cartas en su mano, como por ejemplo la suspensión completa de las libertades democráticas ordinarias.

La constitución le da al Presidente de la República la posibilidad de recurrir a poderes excepcionales. Si, en 1958, De Gaulle intentaba tranquilizarse declarando: “¿Por qué quieren que a los setenta y siete años comience una carrera de dictador?” ahora Emmanuel Macron tiene el artículo 16 de la Constitución y sólo 40 años …

Las contradicciones en los chalecos amarillos.

Una de las singularidades de este movimiento es plantear la cuestión del poder: “¡ Macron, Dimisión ! es el eslogan unánime. Domina a todos los demás. Pero el contenido social de esta afirmación permanece indeterminado. Es una batalla que se juega en las redes sociales, en las conversaciones, en los carteles, en las paredes, en los campamentos de los chaquetas amarillas … Esto obviamente es una gran dificultad.

En este movimiento, las emociones de izquierda y las de derecha coexisten en una gran confusión. En el movimiento hay con una gran masa de personas politizadas, militantes anticapitalistas pero también hay proto-fascistas.

Además, es imposible ignorar que la llegada de Bolsonaro al poder en Brasil, la alianza M5S-Liga en Italia y la elección de Trump en los Estados Unidos son, en diversos grados, réplicas de movilizaciones populares inicialmente indefinidos: la lucha contra el alza en el precio del transporte en Brasil, contra la corrupción y contra los impuestos en Italia o contra los rescates bancarios de parte de los Republicanos estadounidenses.

Para decirlo rápidamente, hay en estos movimientos la búsqueda de una salida al neoliberalismo. Una salida que se puede hacer en dos direcciones.

La primera es la llamada integración nacional que trata de tratar de tapar la lucha de clases creando un “pánico de identidad”. Si el enemigo principal se convierte en el migrante o en el exportador chino, entonces es posible otra política pro capitalista. Esta es la estrategia de Trump-Salvini-Wauquiez-Le Pen, la que rompe con la ideología de la “feliz globalización” pero que tiene como objetivo consolidar los avances logrados por las clases más ricas en las últimas décadas.

Esta línea también inspira al gobierno. El ministro de Acción y Cuentas Públicas, Gerald Darmanin,  da cuenta de esta manipulación cuando responde a las preguntas de Le Figaro : ” No es solo una crisis fiscal, sino una crisis de identidad. (…)  el movimiento se preguntan acerca del futuro de nuestros hijos, se preguntan sobre el lugar de las religiones y, en particular, del Islam”.

Mezclar el Islam con el precio del gas y el poder adquisitivo es de sinvergüenzas. Desafortunadamente, estas maniobras  han dado fuerza a la extrema derecha que se alimenta con  el tema del pseudo “pacto de Marrakech” sobre migración.

La lucidez obliga a uno a preocuparse por ello. A nivel internacional, la derecha nacionalista tienen ventajas. Y, desde el punto de vista del capital, también es el camino menos peligroso.

La segunda vía es la de la izquierda y los movimientos sociales. Una dirección sólidamente desarrollada por la crítica del neoliberalismo desde la década de 1990.

En los chalecos amarillos, las demandas de justicia social, aumentos salariales, defensa de los servicios públicos y hostilidad a la oligarquía está arraigada con una fuerte crítica al capitalismo globalizado y financierizado. La centralidad de los reclamos sobre la recuperación de los ferrocarriles del estado , la circulación de los videos de François Ruffin o de Olivier Besancenot atestiguan la vitalidad del lado izquierdo del movimiento.

Pero, que estas demandas tomen forma fuera de los marcos de la izquierda y de los movimientos sociales plantea la cuestión del poder de manera abrupta. La denuncia del neoliberalismo por la izquierda no ha tenido una perspectiva estratégica claramente articulada.

Si queremos hacer otra comparación internacional, el surgimiento de Podemos aparece como un ejemplo de una salida política de izquierda. Pero, por desgracia, ya es una salida que está acorralada por un acuerdo de apoyo a un gobierno del PSOE que parece estar llegando a sus propios límites.

No se trata de detallar las circunstancias, batallas y bifurcaciones que singularizan diferentes trayectorias. Es solo una cuestión de recordar las experiencias recientes para enfatizar que la formidable energía política liderada por los chalecos amarillos no se quedará sin futuro.

Hoy, la urgencia es sostener y ensanchar el frente, debilitar al gobierno, tratar de desestabilizarlo hasta que caiga, aprender y descubrir juntos nuevos horizontes políticos. Pero también es necesario anticipar la batalla que vendrá después. Y aquí, se perfila una polarización entre la extrema derecha y la izquierda consecuente.

Las preguntas por los objetivos del movimiento

Por supuesto, el hecho que el alza en los precios de los combustibles haya incendiado la pradera de la exasperación social no es anecdótico. Incluso es un síntoma de una clara discordancia más profunda que la aporía del macronismo.

Se ha repetido que en algún aspecto la turbulencia es producto de la crisis desatada por el calentamiento global y la incapacidad de muchos hogares para llegar a fin de los mes. Cierto, pero es igualmente importante tener en cuenta que la conflagración actual también resulta de la colisión entre la férrea disciplina de la globalización y las aspiraciones democráticas.

En este sentido, Olivier Blanchard, el ex economista jefe del FMI, publicó en diciembre este sorprendente tweet: ”  ¿Podría ser que, dadas las restricciones políticas sobre las demandas de redistribución del ingreso y las limitaciones a la movilidad del capital, no podremos reducir suficientemente las desigualdades y la inseguridad para prevenir el populismo y las revoluciones? ? ¿Qué viene después del capitalismo? “.

¿Qué viene después del capitalismo? es el elefante en la salón que deben enfrentar las demandas populares, la crisis ecológica y los callejones sin salida económicos.

El filósofo Fredric Jameson escribió que :”es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo”. Encerrados en el presente eterno del neoliberalismo, en el torbellino constante de las medidas cautelares del mercado, nuestras sociedades han perdido el sentido de la historia. El futuro se reduce a dos opciones igualmente deprimentes: la repetición eterna de lo que ya es o el apocalipsis.

Pero para Jameson, lo que realmente importa es que nuestro tiempo comienza nuevamente a transmitir señales de otredad, de cambio, de utopía: “El problema a resolver es cómo salir del presente posmoderno, para retornar a un tiempo histórico real, a una historia hecha por seres humanos ” [3] .

Una historia hecha por seres humanos. Para que eso suceda, la ira de los chalecos amarillos debe subir la apuesta.  Y aunque las barricadas son indispensables no serán suficientes. También se requiere una ambición colectiva; inventar un futuro cualitativamente diferente a la supuesta eternidad del mercado, un futuro poscapitalista.

Notas

[1] Bruno Amable y Stefano Palombarini, La ilusión del bloque burgués , Razones para actuar, 2017.

[2] http://premium.lefigaro.fr/vox/societe/2018/12/06/31003-20181206ARTFIG00255-goldets-yellow-a-movement-in-the-changing-changing.php

[3] Fredric Jameson, “Future City”, New Left Review , mayo-junio de 20