Por Joan Tafalla, historiador

“Si se quiere estudiar el nacimiento de una concepción del mundo que nunca fue expuesta sistemáticamente por su fundador hay que hacer previamente un trabajo filológico minucioso y realizado con el máximo escrúpulo de exactitud, de honradez científica, de lealtad intelectual, de ausencia de todo prejuicio y apriorismo o toma de partido “.

Antonio Gramsci

En nuestro país, cuando hablamos sobre Marx y del hecho nacional solemos navegar en un mar proceloso donde imperan el presentismo y lo que Gramsci llamaba constreñir los textos es decir: “hacer decir a los textos, por amor a la tesis, más de lo que los textos realmente dicen . Habitualmente nos encontramos con citas fuera de contexto, lejos de “un trabajo filológico minucioso y realizado con el máximo escrúpulo de exactitud, de honradez científica, de lealtad intelectual, de ausencia de todo pre-juicio y apriorismo o toma de partido “. Al mismo tiempo se ignora, a menudo de mala fe, que la obra de Marx es una obra en construcción y que si nos queremos acercar a su método hay que saber que el: “… leitmotiv, del ritmo del [su] pensamiento en desarrollo, debe ser más importante que las afirmaciones casuales y los aforismo aislados”.

Y, ante todo hay que partir del hecho de que es imposible encontrar en Marx ni en Engels (a partir de aquí M y E) una definición simple de nación presta a ser aplicada en todos los casos. M y E, como intelectuales que se pretendían orgánicos de un movimiento real y en movimiento, el de constitución del proletariado en clase, fueron elaborando hipótesis explicativas y respuestas concretas, a demanda del desarrollo histórico concreto en que participaban. Hipótesis explicativas y respuestas concretas que están lejos de ser una teoría completa ni coherente. Sin embargo, podemos afirmar que casi siempre se atuvieron a una determinada posición ético-política proveniente de la tradición de la que formaban parte: la tradición democrática-jacobina. En el largo recorrido de la obra marxiana podemos encontrar elementos de método de análisis junto de elementos normativos, de principios ético-políticos. En estos últimos encontramos en el conjunto de esta obra una continuidad notable.

A riesgo de resultar esquemático y sólo por razones de tiempo, glosaré las posiciones de M y E sobre el hecho nacional en cinco proposiciones: 1.- No puede haber emancipación nacional sin emancipación social. Y viceversa. 2.- Clase, nación y hegemonía en el Manifiesto Comunista. 3.- Contenido y forma de la lucha del proletariado. 4.- Engels y los pueblos “sin historia”. 5.- Centralismo, estatismo y democracia.

1.- No puede haber emancipación nacional sin emancipación social. Y viceversa.

Empezamos por una afirmación normativa de Marx en la relación entre los pueblos que creo va más allá de la táctica o de la circunstancia: el 28 de marzo de 1870, llamando a la unidad en la lucha entre el proletariado inglés y el irlandés, Marx escribió: “El pueblo que oprime a otro pueblo forja sus propias cadenas”. Esta afirmación establece una relación indisoluble entre liberación nacional y social. Parece que se trata de un axioma normativo, alejado del relativismo nacional que se le suele atribuir. De este modo, Marx recogía la antorcha democrática que ya fuera encendido por Robespierre en abril de 1793: “El que oprime a una nación, se declara enemigo de todas”.

Enmarcamos esta frase en un contexto más amplio. Para Marx la cuestión irlandesa mostraba de manera suficiente en qué consistía su visión del internacionalismo proletario: “Tan pronto como termine la unión coercitiva de estos dos países estallará en Irlanda una revolución social, aunque sea bajo formas anticuadas .. . Por otra parte, al dejar intacto el poder de sus grandes propietarios de tierra en Irlanda, el proletariado inglés los hace invulnerables a la propia Inglaterra … el obrero medio inglés odia el irlandés al que considera un rival que hace que bajen los salarios y el standar of life. Siendo antipatía nacional y religiosa hacia él … la burguesía fomenta y conserva artificialmente este antagonismo entre los proletarios dentro Inglaterra misma. Sabe que en esta escisión del proletariado reside el auténtico mantenimiento de su poder … El pueblo que oprime a otro pueblo forja sus propias cadenas “.

Es decir Marx sitúa, como siempre, la lucha por la liberación nacional en el contexto de la lucha de clases pero no sólo eso. Considera que la liberación nacional del pueblo oprimido por el imperialismo permite la liberación social: “La condición preliminar de la emancipación de la clase obrera inglesa es la transformación de la actual unión coercitiva, es decir del sometimiento de Irlanda , en alianza igual y libre, si es posible, o en una separación completa, si es necesario “.

Esta misma posición también queda clara queda clara en el caso de Polonia: “Por eso, en trabajar para romper las cadenas de Polonia, los socialistas rusos se plantean la generosa meta de destruir el régimen militar, condición esencialmente necesaria para la liberación general del proletariado europeo “.

Ciertamente alguien podría aducir que tanto en el caso de Irlanda como en el de Polonia, las posiciones de M y E variaron a lo largo del tiempo. Es cierto, pero no pudiendo resumir aquí esta evolución sólo puedo responder que cuando quiero valorar las posiciones de cualquier autor suelo conceder un plus de credibilidad a las posiciones formuladas en último lugar.

2.- Clase, nación y hegemonía en el Manifiesto Comunista.

Con demasiada alegría e inconsistencia se suele citar la frase del Manifiesto del Partido comunista (1848) que dice: “Los obreros no tienen patria”, como si resume el pensamiento de Marx respecto del hecho nacional. Sin embargo, esta frase no tiene un carácter normativo y aún menos es una desiderata sobre un “deber ser” de la clase obrera predicado o inventado por “… tal o cual reformador del mundo”. Por el contrario M y E consideraban que “Las postulados teóricos del comunismo… Sólo son  expresiones generales de los hechos reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que transcurre ante nuestra vista”.

De ello podemos desprender que la afirmación: “los obreros no tienen patria” no hace más que describir una situación de hecho: la expropiación, la alienación sufrida por el proletariado que era y es excluido de la ciudadanía, que es un ilota, un meteco o,  peor, un esclavo en la polis. Cabe recordar aquí que en el contexto de la democracia revolucionaria de 1848, en la estela de la Gran Revolución francesa, se entendía la patria como la polis, es decir como el conjunto de los ciudadanos. Nada que ver con la patria nacionalista y mucho menos fascista.

Así pues, la afirmación de que el obrero no tiene patria no se limita a lo anunciado por Enzo Traverzo: “La respuesta que Engels, con Marx, propone consiste en superar estas divisiones apoyándose en los intereses comunes de los trabajadores y de los explotados más allá de las fronteras nacionales: es precisamente en este sentido que “los obreros no tienen patria”. En el plano histórico concreto, esta Aufhebung dialéctica de las rupturas nacionales no se hará, sin embargo, sin problemas. La experiencia de la revolución rusa, con la dislocación del antiguo imperio multinacional, la independencia de Finlandia y los Países bálticos, el nacimiento de una federación de repúblicas, el estallido de diversas guerras civiles y las “sovietizaciones” forzadas que se desprendieron de ellas han aportado largamente la prueba de ello”. No quitándole la razón a Traverso en las conclusiones que extrae del mal uso de la idea reductiva según la cual los obreros no deberían tener patria, el asunto es bastante más complejo:

Para comprobar lo que afirmo basta leer completamente este párrafo del Manifiesto: “También se ha reprochado a los comunistas que querían abolir la patria, la nacionalidad. / Los obreros no tienen patria. No es posible quitarles lo que no tienen. puesto que el proletariado aún debe conquistar en primer término, la hegemonía política, elevarse a clase nacional, constituirse a sí mismo en cuanto nación, aún es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido que le da burguesía. / Las segregaciones y contradicciones nacionales de los pueblos desaparecen cada vez más ya con el propio desarrollo de la burguesía, con la libertad de comercio, con el mercado mundial, la uniformidad de la producción industrial y las condiciones de vida correspondientes a ellos. / La hegemonía del proletariado las hará desaparecer aún más. La acción unificada, al menos en los países civilizados, es una de las condiciones primordiales de su liberación. En la misma medida que se deroga la explotación de un individuo por otro, se deroga la explotación de una nación por otra. /  Con la desaparición de las contradicciones de las clases en el seno interno de la nación, desaparecerá la posición hostil de las naciones entre sí”.

Quien cite la autoridad de Marx que lo haga, como pedía Gramsci mediante: “… un trabajo filológico minucioso y realizado con el máximo escrúpulo de exactitud, de honradez científica, de lealtad intelectual, de ausencia de todo pre-juicio y apriorismo o toma de partido.”

El resumen de estos párrafos de El Manifiesto es claro y no seré yo quien lo haga. Lo hizo hace bastantes años Pierre Vilar:

“Analicemos: 1) La nación existe. 2) Es un hecho político. 3) Toda clase dominante se erige en clase nacional. 4) Toda clase nacional se identifica con la nación. 5 ) La burguesía lo ha hecho; el proletariado puede pretender hacerlo. 6) El hecho nacional puede cambiar de sentido, según la clase que lo asuma.

A mi modo de ver la problemática abierta por el Manifiesto en la cuestión nacional se mueve en el interior de la temática de la hegemonía, que es tema leninista y gramsciano por excelencia, pero que no inventaron ni Lenin ni Gramsci. En el Manifiesto comunista queda claro que la constitución del proletariado en clase exige la asunción de la tarea de la conquista hegemónica en el marco nacional de la lucha de clases. Este será un elemento central de la concepción leniniana sobre la cuestión nacional, lejos del cosmopolitismo abstracto de Rosa Luxemburgo, por ejemplo.

Antes de cerrar este apartado conviene reiterar que para M y E, la nación, el pueblo, la patria no tienen de ninguna manera un contenido esencialista, ni etnicista sino que se corresponden con una formación histórico-política que se desarrolla bajo el capitalismo y que debe ser tratada como tal.

3.- Contenido y forma de la lucha del proletariado.

En otro paso del Manifiesto comunista afirma: “Aunque no lo es por su contenido, en su forma la lucha del proletariado contra la burguesía es, por ahora, nacional. Es natural que el proletariado de cada país debe acabar en primer término con su propia burguesía”. En esta simple fórmula del Manifiesto encontramos la relación dialéctica existente entre los objetivos internacionalistas de la lucha obrera (“Proletarios de todos los países, uníos!”) y marco , el obligado marco nacional en que se desarrolla la lucha de clases real. Es en esta relación dialéctica que se explican, tanto la posición de Lenin en los debates sobre organización del POSDR en 1903, como sus posiciones sobre la cuestión nacional, de antes y de después de la revolución.

En resumen, en los escritos de M y E sobre la cuestión nacional podemos encontrar tanto criterios metodológicos para el análisis de las formaciones sociales y de las coyunturas políticas, como criterios normativos de carácter ético-político. O sea, principios en que el ideal del socialismo se funde con el ideal de la democracia. Sin duda, estos principios democráticos informaron la defensa del derecho de autodeterminación por parte de la Segunda Internacional en su segundo congreso de 1896, o las posiciones de Lenin frente la realidad multinacional y colonial del imperio zarista en que actuaba y que deseaba transformar.

Pondré un ejemplo de esta doble influencia vez metodológica y normativa. En una nota escrita en 1916, que fue encontrada entre los papeles de Lenin y publicada póstumamente en la edición de 1937 de las OC dice:

“Existe cierta similitud entre la forma en que la humanidad debe llegar a la supresión de las clases y la forma en que debe llegar a la posterior unión de las naciones. A saber: a la supresión de las clases se llega a través de la etapa de transición de dictadura de la clase oprimida. A la unión de las naciones sólo se llega a través de la liberación de las naciones oprimidas, de la auténtica extirpación de la opresión nacional, y el enfoque de esta realidad con un criterio político consiste precisamente en la libertad de separación. La libertad de separación es el mejor y el único medio político contra el estúpido sistema de pequeños Estados y el aislamiento nacional que, para la suerte de la humanidad, es inevitablemente destruido por el desarrollo del capitalismo”.

Separar para unir, praxis dialéctica, proceso histórico-concreto. Combinación no igualada aún entre principios y realismo político. Una propuesta comprensible sólo para espíritus no mecánicos, ni positivistas, ni evolucionistas, es decir, para espíritus dialécticos, o sea, revolucionarios. Un propuesta incomprensible también para nacionalistas de cualquier pelaje.

4.- Engels y los pueblos “sin historia”.

Mencionar únicamente estos aspectos más democráticos e internacionalistas de las posiciones de M y E sería unilateral. En 1848, ambos establecían una prioridad de los intereses de la revolución democrática sobre de la lucha de los pueblos oprimidos. Priorizaban la lucha contra el imperialismo zarista a quien consideraban la reserva estratégica de la reacción en Europa. Por ello apoyaban la emancipación de Polonia, pero no a la de los eslavos del sur. Esta posición de carácter táctico indujo a Engels, en los escritos publicados en la Nueva GazetaRenana 1848, a considerar que los eslavos del sur y del centro de Europa eran pueblos reaccionarios y a denominarlos “pueblos sin historia”. Hay que contextualizar este episodio en el contexto de la revolución europea de 1848, y en el hecho de que tanto el despotismo austríaco como el ruso utilizaron a algunos de estos pueblos (checos, eslovacos, eslovenos, croatas, serbios, y ucranianos ) como tropas de choque contra las revoluciones democráticas. Según Roman Rosdolki “Por pueblos ‘sin historia propia’ Engels entendía pueblos que en su pasado no lograron crear un sistema estatal vigoroso y de tal manera, según Engels, ya no poseían fuerza para obtener su autonomía nacional en el futuro “. El propio Rosdolski opina que en el trasfondo de estas posiciones de Engels podemos percibir el olor de un cierto supremacismo alemán, o bien de un cierto hegelianismo deformado aplicado a las relaciones entre los pueblos.

Por su parte, Enzo Traverzo considera que: “… una tal concepción, que mezcla el Volksgeist de Hegel con una versión pre-darwiniana de la selección natural, no tiene equivalente en Marx. Durante las revoluciones de 1848, éste se limita a distinguir entre ‘naciones revolucionarias’ y ‘naciones contrarrevolucionarias’, con una clasificación descriptiva que se abstiene de hacer una valoración sobre el carácter históricamente vivo u obsoleto de los diversos grupos nacionales”. Por su parte Michael Lowy opina que: “… esto esta actitud no estaba relacionada de forma orgánica a una determinada filosofía ‘evolucionista, economicista y eurocentrista’, más bien fue el producto de su miedo obsesivo a la contrarrevolución zarista, así como de la instrumentalización del paneslavismo por el zar.  A partir de que se empiezan a materializar las perspectivas revolucionarias en Rusia (después de 1870), esta estimación negativa desaparece”. En lo que coincide con la obra de Kevin Anderson, ya mencionada.

Tampoco me puedo extender aquí en el tema, pero había que mencionarlo como contrapunto a visiones demasiado simplistas del pensamiento de M y E sobre el hecho nacional.

5.- Centralismo, estatismo y democracia.

Contra la visión de algunos marxistas de raíz kautskyana, la idea de que M y E o Lenin se hacían del socialismo distaba mucho de considerar progresista la centralización feudal de los Estados del absolutismo durante el antiguo régimen (como la de Felipe V en España o la de Luis XIV en Francia), ni tampoco el centralismo re-instaurado por Napoleón, por la restauración borbónica de 1814 o por la tercera república francesa. Aun menos consideraban el centralismo como una de la características propias del socialismo.

Podríamos citar largamente de estos posicionamientos a Marx a La guerra civil en Francia(1871), o VI Lenin en El Estado y la revolución (1917), o en Contribución al problema de la naciones o sobre la “autonomización (1922). En estos escritos, nuestros autores describen un modelo de socialismo que poco tiene que ver con el desarrollado en los países del autodenominado “socialismo real” durante el siglo XX. Con la caída del socialismo “irreal” lo que se ha agotado no son las ideas de Marx y Lenin sobre el socialismo, la democracia y la cuestión nacional. Lo que ha sido irremisiblemente amortizado por la historia son el estatismo y el centralismo burocráticos.

Recomiendo la lectura de las obras citadas y me limito aquí a citar un paso menos conocido y menos reconocido de Engels, en su crítica al programa de Erfurt (1891): “Así pues, república unitaria. Pero no en el sentido de la presente República francesa, que no es otra cosa que el Imperio sin el emperador fundado en 1798. de 1792 a 1798, cada departamento francés, cada comunidad poseían su completa autonomía administrativa, según el modelo norteamericano, y esto deberíamos tener también nosotros. Norteamérica y la primera República francesa nos han mostrado y probado cómo organizar esta autonomía y cómo se puede prescindir de la burocracia …”.

El anti-estatismo y el anti-centralismo burocrático del viejo Engels se materializaba cuando proponía incluir en el programa la siguiente medida: “Administración autónoma completa en la provincia, el distrito y la comunidad a través de funcionarios elegidos sobre la base del sufragio universal. Eliminación de todas las autoridades nombradas por el Estado”. Se pueden seguir en las obras citadas de Marx, Engels y Lenin, multitud de muestras de este anti-centralismo. Nos encontramos también ante una propuesta de carácter normativo, bien bastante alejada de aquella simplificación que usan algunos nacionalistas de naciones grandes que identifican el progresismo con el centralismo.

Conclusión.

Creo que las cinco proposiciones que acabo de exponer muy brevemente no nos eximen de una examen más detenido de los posicionamientos de Marx sobre el hecho nacional. Solo he pretendido señalar algunos de los temas que habría que priorizar en esta investigación, al tiempo que he pretendido salir al paso de los prejuicios, apriorismoy tomas de partido con que se aborda la cuestión en nuestro país.

Bibliografía usada.

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Roman Rosdolski, El problema de los pueblos sin historia, editorial Fontanamara, Barcelona 1981.

Joan Tafalla, Los bolcheviques y la deconstrucción del imperio zarista (esbozo) in AAVV, La revolución rusa de 1917 y el estado. Del consejo de Comisarios del Pueblo a la NEP (1917-1921), Vilassar de Dalt, Editorial El Viejo Topo, 2018.

Enzo Traverzo, Friedrich Engels et la question nationale, in AA.VV. Friedrich Engels, savant et révolutionnaire, sous la direction de Georges Labica et MirielleDelbraccio, Paris, Actuel Marx Confrontation