Juraima Almeida, socióloga brasileña*

El candidato de la ultraderecha Jair Bolsonaro obtuvo el 47% de los votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil, mientras que Fernando Haddad, delfín del exmandatario Lula da Silva, alcanzó el 28% de los sufragios. El 28 de octubre se celebrará una segunda vuelta para definir quién será el próximo presidente.

La diferencia entre ambos fue grande. La posibilidad de un crecimiento de los votos de Haddad, es que se vuelquen hacia su candidatura los de Ciro Gómez (del Partido Democrático Trabalhista, tercero, con 13% de los votos) y de otros candidatos de centro y de izquierda, con magros logros en la primera vuelta. La gran duda es qué decidirá hacer el Partido de la Social Democracia Brasileña (PMDB) del expresidente Fernando Henrique Cardoso.

Tras ir a votar, Jair Bolsonaro sostuvo que:  “No haré ninguna negociación partidaria. A mí ya me apoyan más de 260 diputados del bloque ruralista, gran parte del bloque evangélico y de la bancada de la seguridad (policías y militares). En mis cuentas, tenemos aproximadamente 350 diputados que van a estar con nosotros y, en su mayor parte (sic), ellos son honestos”.

Quien resulte electo dirigirá un país sumido en una crisis económica y política, aún conmovido por el enorme escándalo de la corrupción y con más de 13 millones de brasileños que no encuentran trabajo. “Hay un fuerte deseo de cambio”, opinó André Portela, profesor de Economía de la Fundación Getulio Vargas, “Bolsonaro se ha aprovechado de eso y se ha presentado como agente del cambio, pero no queda claro si realmente lo será”, añadió.

Los fenómenos más relevantes de la encuesta de Ibope del primero de octubre, a una semana de las elecciones, ya mostraban la interrupción del crecimiento de Fernando Haddad y la resilencia de Jair Bolsonaro, que no se estancó , en medio de un fraccionamiento de la derecha, tanto en la elección presidencial como en las regionales.

Para el establishment, lo esencial es impedir de cualquier manera el retorno del PT al gobierno central, a los estados y al Congreso. El terrorismo antipetista, propagado por los medios monopólicos con el liderazgo de las redes Globo y Record, las iglesias neopentecostales, las redes sociales, el poder judicial, han sido eficaces.

Si hay algo que unificaba a una gran porción de los sectores populares de la sociedad brasileña es el liderazgo de Lula, pero Lula no era candidato a presidente. Los que llevan las camisas negras, operadores con poder real, “los mercados”, los empresariados de la minería y el agronegocio, las industriales de la fe y una parte considerable del oligopolio mediático pusieron todo su capital disponible para que gane Bolsonaro.

Lawrence Rosenthal, director del Centro Berkeley de la Universidad de California, afirmó que “estamos viendo el ascenso de un populismo internacional de carácter autoritario”, del cual Bolsonaro sería la expresión en Brasil. Su candidatura no es tan preocupante como el engendro que representa. Hay millones de votantes de Bolsonaro que no son fascistas. Estos votantes no son personas de una intolerancia militante hacia mujeres, pobres, moradores de favelas, personas LGBT, agricultores, pueblos indígenas o sindicalistas.

Como opción electoral, Bolsonaro navegó sobre una ola que es mucho mayor que su candidatura. Viene de muy atrás y cobró impulso con un conjunto de conflictos sociales y un malestar que van más allá de una elección presidencial, ha explicado el sociólogo uruguayo Sebastián Valdomir.

El bolsonarimo es resultado de una planificación cuidadosa, de escritorio, realizada por una serie de think tanks con asesoramiento externo, en que los actores con poder real, abrieron las compuertas a la violencia política, mediática y judicial. Lo cierto es que esos sectores oligárquicos no vieron recortado su poder durante los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT).

La candidatura de Bolsonaro se basó en los apoyos de las iglesias evangélicas y las fuerzas de seguridad. Cuenta con el apoyo oficial de la Iglesia Universal del Reino de Dios y su multimedio Record. Una semana antes de las elecciones, el dueño del grupo Record, el obispo Edir Macedo, ordenó a sus pastores predicar contra el feminismo, el aborto y la educación sexual en las escuelas.

Lo cierto es que la penetración territorial de las iglesias neoprotestantes es superior a la de cualquier partido. Bolsonaro conto con una fuerte militancia confesional y con el activismo incondicional de las policías provinciales, se organizaton y encuadraron para apoyarlo ya que el candidato reivindicó la impunidad de los policías de gatillo fácil, especialmente en Río de Janeiro , un estado intervenido militarmente por el gobierno de facto.

Tras el golpe policial-judicial-empresarial-mediático-parlamentario, con apoyo militar, Brasil camina hacia una dictadura votada. Los medios hegemónicos y las mentiras (fake news) en las redes sociales se dispararon en los últimos tres días de la campaña . De esta manera prepararon el crecimiento de la candidatura del ultraderechista en las encuestas, unido al salto de casi cuatro puntos de la Bolsa de Valores de San Pablo.

En la subasta bursátil, explica el especialista Darío Pignatti, crecieron los papeles de la fábrica de revólveres Taurus, que se valorizaron el 19%. Por lo visto el mercado ya puso en valor una de las consignas de campaña del candidato que, citando a Trump, prometió eliminar las restricciones a la venta de armas. “Estamos teniendo una ola de votos semejante a la que en 2016 permitió al outsider Trump llegar a la Casa Blanca”, dijo uno de los hijos del candidato.

Trump y el partido militar

Las semejanzas entre Bolsonaro y Trump fueron magnificadas por la prensa hegemónica no solo brasileña sino también por la cartelizados medios internacionales: los dos son misóginos, xenófobos, homofóbicos, anticomunistas, gorilas. Incluso las marchas de miles de mujeres bajo la consigna Elle nao de una semana antes en las principales ciudades, tiene su paralelo con las del movimiento feminista estadounidense contra Trump, que amasó parte de su fortuna organizando el concurso Miss Universo.

Lo cierto es que mientras Trump tuiteaba amenazas a diestra y siniestra, el equipo de gobierno alimentado por las usinas de pensamiento ultraconservador de la Red Atlas introdujo cambios drásticos en la economía y política de su país sin modificar hasta ahora el orden vigente.

Por su parte, la meta de Bolsonaro es sepultar el régimen democrático disolviendo el pacto político-social establecido en la Constitución de 1988, promulgada tres años después del fin de la dictadura.

Bolsonaro, al frente del minúsculo Partido Social Liberal, al que se afilió recientemente, tiene el respaldo del partido militar. Su candidato a vicepresidente, el general Hamilton Mourao, uno de los referentes del grupo, afirmó, por ejemplo, que los 33 años de democracia no han dejado “nada bueno” en comparación con los 21 del gobierno militar finalizado en 1985. Una decena de altos mandos castrenses trabaja en el proyecto del nuevo orden y muchos de ellos fueron elegidos este domingo como legisladores.

Este partido castrense, gravitante en el equipo del presidente de facto de Michel Temer, maneja la teoría de un autogolpe como el que en 1992 produjo el dictador genocida peruano Alberto Fujimori. Propone cambios estructurales como la eliminación del aguinaldo , un nuevo modelo previsional y aspira imponer una reforma constitucional redactada por un colegio de “notables”, sin participación ciudadana.

Mourao –sin pelos en la lengua- advirtió que si no triunfa Bolsonaro las Fuerzas Armadas deben asumir el poder a través de un “autogolpe”. También el jefe del Ejército. general Eduardo Villas Boas sugirió desconocer una victoria de Haddad, idea primero defendida y luego relativizada por Bolsonaro, quien también cuenta con la simpatía de los escuadrones de la muerte ahora llamados “milicias” que dominan cerca de un centenar de favelas en Río.

Bolsonaro alienta las matanzas en los barrios pobres y fue notable su silencio ante el asesinato de la militante negra Marielle Franco en marzo pasado.

El escenario que hoy conocemos se consolidó a partir de la tercera semana de setiembre cuando la intención de votos de los partidos de centro e izquierda que no son anti Partido de los Trabajadores bajó al 32% (el 20 de agosto era del 43%), mientras los votos antipetistas quedaron estables en la franja del 48-51%.

Haddad no logró sustentar un crecimiento de casi el 1% sin Lula en el ruedo, y no se benefició plenamente del potencial de transferencia de voto del expresidente hacia su candidatura.

Sin lugar a dudas también surtió efecto en el electorado la estrategia del bolsonarismo de garantizar el silencio y la incomunicabilidad de Lula, preso, amordazado y sin diálogo con el pueblo. Esta estrategia contó con la colaboraron el presidente del Supremo Tribunal Federal Dias Toffoli y su vice Luiz Fux, que impidieron entrevistas con Lula.

El resultado de Bolsonaro fue sorprendente y superó todas las proyecciones, esto pese a los ataques del candidato derechista Geraldo Alckmin (PSDB) en la propaganda partidaria y, del odio que Globo diseminó contra el PT para favorecer al propio Alckmin.

¿Cambio de guardia?

Los analistas percibieron el 4 de octubre, tres días antes de la primera vuelta electoral, una señal de movimiento en el subsuelo, cuando Bolsonaro se ausentó del debate presidencial por televisión (por la red Globo).

En el mismo horario, la red competidora de Globo -–la Record, puso al aire una programación alternativa, como resultado de un pacto más profundo con Bolsonaro. El objetivo de la Record es repartirse el condominio del poder. Hay claras señales que habrá retribución a la red de televisión Record, a través de las pautas publicitarias oficiales que se les quitaría a Globo.

Así, Globo dejaría de ser la voz oficial de cuanto gobierno hubo en Brasil desde la dictadura militar. Y Record asumiría el papel de ser portavoz del nuevo régimen.

¿Hay un cambio de guardia, hay una alteración en los organismos que controlan y manipulan la información y el imaginario colectivo?, se pregunta Reginaldo Moraes.

Hace lustros que la Iglesia Católica viene perdiendo espacios, estos han sido conquistados por las iglesias protestantes, en especial las Iglesias pentescostales fundamentalistas y neoconservadoras con sede central en Estados Unidos.

Este fenómeno se apreció con claridad en la elección del alcalde de Rio, alli hubo una puja entre un candidato pentecostal, Marcelo Crivela (obispo evangélico acusado de prometer favores y privilegios a la Iglesia Universal del Reino de Dios) y uno de izquierda (Marcelo Freixo). Finalmente ganó  Crivela –que fue taxista, militar, misionero, cantante de gospel y político- pero también parte de una red de de formación –ideológica- de mentes y corazones, de televangelistas. La candidatura del pastor sacó a la red de televisión Globo de su comodidad oligopólica, que “casi” terminó apoyando al candidato de la izquierda.

La alianza de terratenientes con evangélicos y policías es parte del cambio. Y junto a ellos marcha cierta oficialidad joven del Ejército, los banqueros y los aparatos de seguridad del Estado cooptados y capturados –sobre todo en estos últimos años- por los neoconservadores. La policía, la Fiscalía , el Poder Judicial y los evangélicos conformar un nuevo bloque de almas y armas.

La segunda vuelta

La llamada elite económica y buena parte de la clase media, con miedo del retorno del PT, votó por Bolsonaro. Este personaje según la socióloga Lizst Vieira es “ un sociópata y fascista, que propone que todo el mundo ande armado, que apoya la tortura, que hubiera preferido que los militares fusilaran a sus adversarios y que cree necesario romper con los acuerdos internacionales de derechos humanos, trabajo y medio ambiente. En realidad, Bolsonaro es racista, misógino, homofóbico, sádico y subletrado”.

Se espera que los sectores “civilizados” del PSDB, con Fernando Henrique Cardoso al frente, apoyen a Haddad en la segunda vuelta. El resto, ya abandonó a Geraldo Alckim, el candidato del establishment para apoyar a Bolsonaro, lo que demuestra que para ellos el proyecto económico neoliberal y depredador, aún con dictadura, es más importante que la democracia.

El proyecto neoliberal jamás iba a ganar una elección. Por eso las elites desistieron de la derecha tradicional y pasaron a apoyar a la extrema derecha. Primero dieron el golpe contra Dilma Rousseff con un juicio político, y ahora desistieron de la derecha “civilizada” para apoyar la extrema derecha dictatorial. Cuando sus intereses económicos están amenazados, apelan sin complejos a las dictaduras.

Si no se hubiera producido el golpe y el juicio político, y si no se hubiese condenado a Lula sin prueba alguna, transformándolo en víctima y héroe para buena parte de la población, el PT habría colapsado igual que el PSDB por el desgaste del gobierno de Dilma.

Lo cierto es que hay un gran rechazo al PT, que nunca hizo una autocrítica de sus errores éticos y políticos. Cinco de los seis miembros del Supremo Tribunal Federal que votaron por la prisión de Lula, fueron nominados por el PT, cuatro de ellos por la expresidenta Dilma, quien no logró ser elegida senadora por el estado de Minas Gerais.

El agronegocio, la minería, las iglesias protestantes conservadoras, la prensa hegemónica, la industria armamentista, el sector financiero, el Poder Judicial y las Fuerzas Armadas son los actores detrás de Bolsonaro. “Boi, bala e bíblia, e o setor financiero”, como dice Lizst Vieira.

Esto da pie para pensar que de ganar Bolsonaro el 28 de octubre, habrá un crecimiento de los conflictos socioambientales en el campo, asesinatos de líderes rurales e indígenas, lucro sin límites para la industria armamentista y los bancos, retroceso moral y político, supresión de libertades y derechos, represión a la cultura y desnacionalización total de la economía y su entrega a los grandes capitales de las trasnacionales.

La crisis política de la derecha tradicional estaba cantada. Ya en las campañas para las elecciones de gobernadores los candidatos del Movimiento Democrático Brasileño (MDB) no se han mostrado con el candidato de su partido, Henrique Meirelles, y también han evitado vincularse con el presidente, Michel Temer, cuya popularidad es tan baja que evitó presentarse a la reelección. Algo similar pasó con los candidatos del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), que se han desvinculado de Geraldo Alckmin, de Temer y del establishment.

Hoy, el MDB es el partido que tiene más gobernadores (6), seguido por el PT (5), el PSDB (4), los partidos Socialista Brasileño y Social Democrático (3 cada uno), el Partido Democrático Laborista y el Progresista (2 cada uno), y el Partido Comunista de Brasil y el Partido Humanista de la Solidaridad (1 cada uno). Pero el cuadro posiblemente cambiará el 28 de octubre.

La segunda vuelta no será una disputa de poder dentro del régimen democrático. Y, seguramente, la mayoría de los llamados liberales van a apoyar el fascismo, la barbarie, contra la democracia y las conquistas populares.

* Investigadora brasileña, analista asociada al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la).