Juan Domingo Sánchez Estop, filósofo y escritor

El artículo de Clara Ramas que comentamos aquí se titula Ocho claves para el patriotismo democrático que viene. Este artículo se integra dentro del esfuerzo de la dirección de grupos políticos populistas como Podemos por dar nueva legitimidad y lustre al término “patria”.

Para ello se ha venido proponiendo que ese término adquiera, además de la tonalidad afectiva que ya añade a la idea de nación, contenidos progresistas, sociales y emancipatorios siguiendo el ejemplo de los populismos de izquierda de América Latina.

El problema que se plantea con este término en España es triple: 1) por un lado, a diferencia de los países de América Latina, España no es un país ex-colonial sino un antiguo imperio, por lo cual la apelación a la patria tiene más una tonalidad de dominación que de emancipación; 2) a diferencia de Francia, que fundó con la Revolución una nueva nación teóricamente igualitaria, democrática y unitaria sobre los restos de los “países” en los que reinaba la monarquía absoluta, en España no triunfó revolución alguna, sino una de las más sanguinarias contrarrevoluciones, la dirigida por el general Franco, por lo cual las apelaciones a la patria son indisociables del Estado y de los lemas de sus aparatos represivos como la Guardia Civil, la Legión u otros cuerpos e institutos armados; 3) por último, el término patria es de difícil manejo en un contexto como el español en el que la pluralidad de nacionalidades y lenguas hace imposible una identificación sentimental universal y exclusiva como la que reclama para sí el significante patria.

A pesar de las señaladas dificultades, no duda la autora en volver a proponer este significante a la izquierda española como elemento de aglutinación afectiva de un bloque hegemónico. Lo hace siendo consciente de todo lo anterior, aceptando por consiguiente la carga semántica y las asociaciones que el término ha adquirido en la reciente historia española. Ante un ascenso de los populismos de derechas que banalizan hoy el fascismo y su discurso, parece que según Clara Ramas, va siendo hora de que la izquierda recupere al menos en parte ese lenguaje para poder adquirir una posición hegemónica.

Y la autora lo hace mediante un texto sorprendente, que rompe las barreras antes existentes en la izquierda y realiza un extraordinario ejercicio de reapropiación de la retórica falangista para recuperar y resignificar el término “patria” como patria democrática, feminista, ecologista y centrada en los cuidados. Esta patria busca contraponerse al caos generado por el neoliberalismo, que es visto por la autora como fuente de desorden y no como un modo de regulación de las economías y sociedades capitalistas en el que vivimos desde hace más de cuatro décadas.

Frente al caos y la inseguridad provocados por la crisis, que no se distingue del propio régimen de regulación neoliberal, es necesario recrear “comunidad”; la autora percibe en este empeño una cierta identidad entre sectores políticos abiertamente xenófobos y racistas y movimientos populares de resistencia a los efectos sociales del neoliberalismo. Resume Clara Ramas: “Construcciones políticas recientes de signo muy diverso tienen algo en común: frente a ese bloque neoliberal, tratan de refundar el lazo social y (re)construir un pueblo. Redefinir, pues, un sentido de patria”.

Esta comunidad (Gemeinschaft) era, para la sociología alemana de principios del XX y en concreto la de Ferdinand Tönnies, el término que se oponía a la sociedad individualista y egoísta basada en los intercambios comerciales a la que se reservaba el nombre de sociedad (Gesellschaft). La comunidad daba a esta última, sin llegar nunca a abolirla, un suplemento de alma, una tonalidad afectiva y un sentido colectivo.

Frente al individualismo del mercado se yergue una comunidad que funciona como un todo orgánico dotado de una finalidad propia. El término comunidad, más allá de su uso liberal y vagamente socialdemócrata por Tönnies, que prefigura la problemática del ordoliberalismo alemán de posguerra, fue recuperado por el pensamiento nacional-socialista como Volksgemeinschaft, comunidad de pueblo basada en la raza.

Por otro lado, la autora hace gala de un idealismo radical en su método, coincidiendo en ello con otros escritores políticos españoles actuales. Este método abandona sistemáticamente toda perspectiva que tenga en cuenta la base material (al menos en este artículo, ya veremos en los siguientes) y se limita a una crítica moralizante de la realidad.

En lugar de entenderla, prefiere ridiculizarla, lamentarla o maldecirla. Sin embargo, lo que se presenta como un caos y una “disolución” del vínculo social, como la desaparición de las identidades en la globalización, etcétera no dejan de ser unas relaciones sociales de producción bastante precisas que corresponden a la fase actual del capitalismo.

Unas relaciones sociales de producción a las que corresponden modalidades específicas de la lucha de clases y formas específicas de configuración o recombinación de las identidades. Unas relaciones sociales de producción que solo existen ya dentro de una nueva geografía de la producción (nos lo están enseñando hoy mismo las luchas a escala europea de los trabajadores de Ryanair, pero antes las de los trabajadores de Uber, de los Sioux de Dakota, etc.), que la autora prefiere ignorar en lugar de pensar el modo de resistir a la explotación y la dominación en el marco material y geográfico existente.

A ello prefiere la autora un auténtico planteamiento hobbesiano en variante progre, en el cual la respuesta al caos y la inseguridad no es la organización de las resistencias sociales partiendo de la diversidad realmente existente, sino la creación de una auténtica palabra de mando, “patria”, por la que un mando político enérgico enderece a cada uno de los países hacia su destino nacional, haciéndoles recuperar su identidad, más allá del “caos” y de la lucha de clases realmente existente.

Se trata de regresar a una supuesta soberanía de los Estados como única base posible de la democracia, en un tiempo en el que esa soberanía solo existe en su aspecto represivo y ha perdido toda posibilidad efectiva de intervención sobre una base material que ya no está sometida al dominio territorial de ningún Estado.

Althusser hablaba con ironía de cierto marxismo que ve en la lucha de clases un enfrentamiento entre dos grupos humanos perfectamente identificados, equipados y hasta uniformados, como si fuera un partido de rugby o de fútbol. Esta ilusión se basa en el prejuicio sociológico que hace preceder las clases a su lucha, cuando las clases solo son el resultado de unas relaciones sociales concretas basadas en la expropiación y la explotación.

La lucha de clases precede a las clases, lo cual abre naturalmente un gran margen para que estas tengan una composición harto compleja y contradictoria, como la que hoy conocemos. Muchos son hoy quienes frente a la complejidad de las nuevas formas de explotación y resistencia prefieren afirmar que la lucha de clases ha desaparecido por incomparecencia de las clases. Hay quien intenta hacer revivir a la clase obrera mediante una nueva versión del espiritismo, como la que propugna Daniel Bernabé en su panfleto contra la “diversidad”, pero Clara Ramas prefiere sencillamente ignorarla.

El antagonismo de clases es sustituido por una oposición abstracta y binaria entre soberanía y “globocracia”, pueblos y finanzas que recuerda mucho a la dicotomía  mussoliniana entre las “naciones proletarias” como Italia y las “naciones plutocráticas” de orientación cosmopolita. La solución propuesta va por el mismo camino: recuperar la patria, la soberanía, el sentido del Estado, eso sí en sentido “democrático”.

Sin embargo, nada de eso habría chocado al pensamiento fascista, pues este se mueve, como nos enseñaba Jean-Pierre Faye en sus Lenguajes totalitarios, por unión de términos con sentidos contradictorios: “nacional-socialismo”, “revolución conservadora”, “nacionales de todos los países uníos” y –por qué no– “patriotismo democrático” puesto que, como sostiene Carl Schmitt, la democracia es la identidad entre gobernantes y gobernados y esta nunca es más pura que cuando existe una plena identificación con el mando, como la que el significante patria reclama.

Sabemos desde Maquiavelo, Spinoza y Marx que la democracia se compadece mal con la estructura de mando separada que se llama Estado, aunque este se presente como una “comunidad de trascendencia” (Errejón) o como “unidad de destino en una patria común frente al desarraigo global”. La democracia tiende a eliminar la separación entre gobernantes y gobernados, pero no a través de la trascendencia y de la identificación con un representante o un mando, sino mediante la integración efectiva de la multitud en las instituciones políticas.

Podrá decirse que se trata sólo de ideas, pero esas ideas existen socialmente bajo la forma de palabras con una historia. Puede resultar ingenuo el idealismo de Bernabé, para quien el 11 de septiembre fue un choque de ideas y la historia reciente una lucha de ideas en la que destaca la oposición entre la idea de la diversidad y la, no menos idea, de la lucha de clases (pues tampoco este autor parece preocuparse mínimamente por lo que Marx llamaba “la base material”), pero Clara Ramos da un paso más y nos introduce deliberadamente en gigantomaquias de ideas que serían hoy ridículas si su cercanía al discurso abiertamente fascista no espantara.